
Álbumes ilustrados que crecieron con nosotros y nos siguen acompañando.
Álbumes que hemos leído, releído… y seguimos leyendo
Hay libros que pertenecen a una etapa y otros que, de alguna manera, se quedan a vivir en casa. Estos son algunos de esos álbumes ilustrados que leímos y releímos cuando nuestros hijos eran pequeños, tantas veces que casi podríamos recitarlos de memoria, y a los que todavía hoy regresamos de vez en cuando.
Porque releerlos es también rememorar aquellos años: las lecturas antes de dormir, las voces que poníamos a los personajes, las frases que ellos anticipaban antes de que llegáramos a pronunciarlas y ese «otra vez» que hacía que una misma historia pudiera repetirse noche tras noche.
Algunos llegaron cuando apenas tenían dos o tres años. ¿A qué sabe la luna?, de Michael Grejniec (Kalandraka), fue uno de esos primeros cuentos compartidos; igual que Cocorico, de Marisa Núñez y Helga Bansch (OQO Editora) cuento y canción (Cuentos en Cantos); Guyi Guyi, de Chih-Yuan Chen (Thule Ediciones); o el muy conocido El pollo Pepe, de Nick Denchfield y Ant Parker (SM).
También forman parte de esos primeros años El secreto de la abuela, de Ayuko Uegaki y Qin Leng (Pastel de Luna); Historias de ratones, de Arnold Lobel (Kalandraka); Monstruo Rosa, de Olga de Dios (Apila Ediciones); Frederick, de Leo Lionni (Kalandraka); El pez arcoíris, de Marcus Pfister (Beascoa); Una casa a la medida, de Daniela Kulot (Editorial Juventud); El garaje de Gus, de Leo Timmers (HarperKids), y un clásico que parece no envejecer nunca: La oruga glotona, de Eric Carle (Kókinos).
Y, mientras ellos crecían, la familia también iba aumentando. La llegada de nuevos hermanos trajo nuevas emociones, preguntas y, cómo no, nuevas lecturas. Dos álbumes quedaron especialmente ligados a esos momentos: Mi pequeño hermano invisible, de Ana Pez (Libre Albedrío), y Hermanos, de Rocío Bonilla (Algar Editorial). Historias sobre ese vínculo tan particular entre hermanos que nos acompañaron precisamente cuando en casa estábamos aprendiendo a construirlo. Y algunos, al volver a abrirlos hoy, nos siguen arrancando una sonrisa e incluso una carcajada, como Hermanos, porque es inevitable reconocer en sus páginas tantas escenas vividas en casa.
Conforme fueron creciendo llegaron historias algo más largas, personajes con los que reírse, emocionarse o incluso enfrentarse a pequeños y grandes miedos. Ahí están Camuñas, de Margarita del Mazo y Charlotte Pardi (OQO Editora); La ovejita que vino a cenar, de Steve Smallman y Joëlle Dreidemy (Beascoa); Ñac-Ñac, el monstruo comelibros, de Emma Yarlett (Edelvives), y Elmer, de David McKee (Beascoa).
A ellos se fueron sumando La primera aventura del Ratoncito Pérez, de José Carlos Andrés y Betania Zacarías (NubeOcho); ¿Hay algo más aburrido que ser una princesa rosa?, de Raquel Díaz Reguera (Thule Ediciones); Los niños valientes, de Fermín Solís (Libre Albedrío); Buscar, de Olga de Dios (NubeOcho); Mi nueva casa, de Marta Altés (Blackie Little), La madriguera en el desierto, de Carmela Trujillo y Mercè Galí Sanarau; y el imprescindible Donde viven los monstruos, de Maurice Sendak (Kalandraka).
Ahora ya han crecido y nuestras lecturas familiares son otras. Pero estos álbumes siguen en las estanterías y, de vez en cuando, alguno vuelve a nuestras manos. Y entonces ocurre algo especial: ya no los leemos solo por la historia, sino también por todo lo que nos recuerdan. Algunos nos enternecen, otros nos devuelven una sonrisa y alguno todavía consigue arrancarnos una carcajada, como es Hermanos.
Quizá esa sea una de las maravillas de construir una biblioteca familiar. Los niños crecen, cambian las lecturas y llegan nuevos libros, pero algunos permanecen. Se convierten, casi sin darnos cuenta, en parte de nuestra propia historia familiar. Son álbumes ilustrados que han ido tejiendo nuestros vínculos, página a página, lectura a lectura. Y cuando volvemos a abrirlos, regresan también, por un instante, aquellos niños pequeños que pedían una vez más: «¿Me lo lees otra vez?».
#BibliotecaInfanmusic